Google Glass: El error de Sergey Brin al querer ser Steve Jobs

Brin confiesa: El ego mató a las Google Glass.

Google Glass
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Las Google Glass pasaron a la historia como uno de los experimentos más audaces y controvertidos de la última década, pero sus verdaderas grietas no eran el hardware, sino el ego. Recientemente, Sergey Brin rompió el silencio sobre lo que realmente ocurrió tras bambalinas en Mountain View.

Durante una charla reciente en la Universidad de Stanford, el cofundador de la compañía admitió que su deseo personal de convertirse en una figura visionaria precipitó un lanzamiento que no estaba listo. La tecnología no había madurado lo suficiente, pero la paciencia por demostrar su valía pudo más que la prudencia técnica necesaria en 2013.

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La verdad tras el lanzamiento fallido de las Google Glass

Brin confesó antes los estudiantes que el exceso de confianza fue el motor principal del desastre, en aquel momento, su ambición no era solo lanzar un producto, sino validarse a sí mismo como un desarrollador de productos capaz de cambiar el mundo. Esta mentalidad, impulsada por la creencia de que podía forzar el éxito mediante pura voluntad y marketing, ignoró que el dispositivo aún estaba «verde» par el mercado masivo.

Si tienes una idea genial para un dispositivo portátil, deberías pensarlo bien antes de planear una acrobacia genial con paracaidismo y dirigibles. Ese es un consejo que te daría.

El espectáculo que condenó al producto

La referencia de Brin a los paracaidistas no era casual. Se refería a la presentación en el Google I/O 2012, en un evento que muchos recordarán por su espectacularidad cinematográfica. Uno paracaidistas con las gafas puestas aterrizaron en la azotea del Moscone Center en una transmisión en vivo.

Aquella maniobra generó unas expectativas inmensas, imposibles de cumplir con la tecnología de la época. Al elevar el listón tan alto con acrobacias y marketing, la caída a la realidad del usuario final fue mucho más dura. La tecnología wearable prometida en el escenario distaba mucho de la experiencia cotidiana que ofrecía el dispositivo vinal.

Al acelerar el desarrollo para cumplir con esa imagen pública, la compañía descuidó aspectos vitales. La madurez técnica y la facilidad de uso quedaron en segundo plano, sacrificadas en el altar de la innovación apresurada. Los usuarios se encontraron con un aparato fascinante en teoría, pero lleno de fricciones en la práctica.

Privacidad, precio y los «Glassholes»

Pero más allá de los fallos técnicos, las Google Glass chocaron contra un muro social que sus creadores no anticiparon. Las preocupaciones sobre la privacidad surgieron de inmediato. La cámara integrada capaz de grabar si previo aviso, generó rechazo en bares, cines y espacios públicos.

Este fenómeno derivó en el término despectivo «Glassholes», utilizado para etiquetar a los usuarios que portaban el dispositivo sin considerar el entorno. La tecnología, lejos de integrar a las personas, comenzó a crear barreras sociales incómodas que la marca no supo gestionar a tiempo.

A esto se sumó un factor decisivo: el precio…. Los 1.500 dólares que costaba el dispositivo actuaron como un repelente eficaz para el consumidor medio. Era un coste demasiado elevado para un prototipo glorificado que generaba más problemas sociales que soluciones prácticas en el día a día.

El síndrome del «nuevo Steve Jobs»

Quizás la revelación más impactante de Brin fue su comparación directa con el fundador de Apple. En su discurso, advirtió a los futuros emprendedores sobre los peligros de creerse su propia leyenda demasiado pronto.

El ejecutivo reconoció que se ilusionó prematuramente, pensando: «Oh, soy el próximo Steve Jobs, puedo construir esto. ¡Ta-dan!». Esta mentalidad de «hágase mi voluntad» impidió ver las señales de advertencia que indicaban que el hardware necesitaba más tiempo de cocción.

Cuando se acelera el desarrollo de esta manera, los costes se disparan y las expectativas del público crecen exponencialmente. Esto deja un margen de error mínimo para realizar las iteraciones y correcciones que todo producto novedoso necesita antes de llegar a las estanterías.

La industria parece haber tomado nota de este fiasco. Al igual que Apple aprendió de los errores del Newton en los años 90 para luego triunfar con el iPhone y el iPad, el sector de las gafas inteligentes avanza hoy con pies de plomo, priorizando la utilidad real sobre los saltos en paracaídas.

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